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Delfina Barrios: «La conexión con el caballo vale más que mil medallas»

Por Luz Verón

Desde chica, Delfina Barrios cambió los juguetes por ponis. “Siempre me gustaron los caballos. En lugar de tener muñecas, yo tenía caballos”, recuerda entre risas. Hoy, con apenas unos años en el mundo del salto ecuestre, la joven jinete argentina de 14 años combina disciplina, sensibilidad y una pasión que le ayuda a atravesar las complicaciones del deporte. 

Su historia comenzó en 2021, cuando una visita casual al campo del novio de su mamá cambió todo. “Había unas chicas saltando con sus caballos y me quedé mirando fascinada. En ese momento supe que eso era lo que quería hacer”, cuenta, en diálogo con Ídem. Venía de dejar el patín, un deporte que disfrutaba, pero sin la conexión que empezó a sentir al montar a los caballos. Una semana después, ya estaba en su primera clase de equitación, en busca de un sueño.

Delfina habla de los caballos con la ternura de quien entiende que detrás del deporte hay un lazo que no se explica con palabras. “Me gusta cómo podés comprenderte con un ser vivo que no habla tu idioma, pero aun así te entiende. Formar ese binomio, ese vínculo, es lo más lindo”, valora. En sus comienzos, montaba una yegua inexperta, de campo, y aunque todo era nuevo, descubrió en ese desafío el motor que hoy la impulsa: superarse a sí misma. 

A diferencia de lo que muchos creen, la equitación no es un deporte pasivo. “El caballo no lo hace todo. Tenés que tener fuerza en las piernas, en los brazos, equilibrio y concentración. Todo tu cuerpo trabaja, y si te desconcentras un segundo, podés perder el recorrido”, explica. En su disciplina, el salto ecuestre, cada milésima de segundo y cada gesto cuenta. Pero también la mente: “El caballo siente tu estado emocional. Si estás nerviosa, él lo percibe. Por eso hay que mantener la calma, incluso cuando algo sale mal”. 

La equitación también tiene nombre femenino

La equitación argentina ha crecido en los últimos años, especialmente en la participación femenina. Según datos de la Federación Ecuestre Argentina, hoy casi la mitad de las licencias federadas pertenecen a mujeres, muchas de ellas jóvenes que, como Barrios, se abren camino en un ambiente históricamente masculino. “Nunca creí que existieran caballos ‘para hombres’ o ‘para mujeres’. Lo que importa es la conexión y la predisposición. Si una mujer quiere y se lo propone, puede montar cualquier caballo”, afirma con convicción. 

En su día a día, la rutina es tan exigente como la de cualquier atleta de alto rendimiento. Entrena una hora y media o más, con ejercicios físicos que fortalecen músculos poco comunes, y dedica largas jornadas al cuidado de los caballos. “Mi profesor fue preparador físico, así que nos exige mucho. Pero eso es lo que nos da fuerza y control arriba del caballo”, dice. Antes de cada competencia, se levanta al amanecer, prepara el equipo, calienta y sigue un ritual que comparte con su padre: “Él siempre se saca una foto con la yegua. Dice que le da suerte”. 

De su profesor, Delfina habla con una admiración especial. “Está desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche en el club, cuidando los caballos, enseñando, arreglando la pista. Es exigente, pero te dedica el tiempo que necesites hasta que entiendas cada detalle. Es un sabio” expresa con cariño. 

Donde la fuerza se vuelve cariño

Barrios sabe que el camino no es fácil. Las caídas, la frustración y los avances lentos son parte del proceso. Ella explica: “Hay días en los que sentís que retrocedes, pero aprendés a tener paciencia y empatía con el caballo. Él también se cansa, también se asusta. Es un trabajo en equipo”. Su voz mezcla la madurez de quien conoce la dificultad y la emoción de quien todavía se maravilla con cada salto dado.

Sus recuerdos más felices están sobre la montura. Como aquel viaje a Brasil, donde montó una yegua elegida especialmente para ella: “Fue hermoso, sentí una conexión inmediata. Lloré cuando tuve que volver a Argentina”. 

También guarda con cariño a sus tres caballos: Ginebra, su primera yegua y su primera victoria; Copenhague, que falleció justo antes de una competencia; y Casasha, con quien debutó en un metro. “Cada uno me enseñó algo distinto. Todos dejaron una huella” recuerda. 

Cuando le preguntan qué le diría a alguien que quiere empezar, Delfi no duda: “Que se anime. Es un deporte exigente, sí, pero también te enseña respeto, paciencia y amor. Vas a caerte y frustrarse, pero cada logro, cada conexión con el caballo, hace que todo valga la pena”. Y lo dice con la serenidad de quien encontró en la equitación no solo un deporte, sino una forma de vida: la de entender, sin palabras, a un ser que corre con ella hacia sus sueños.

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