Golpe a los prejuicios: dos árbitras que abrieron camino en el boxeo argentino 

Por Priscila Orfano 

En el mundo del boxeo, donde durante décadas los guantes y la autoridad pertenecieron casi exclusivamente a los hombres, dos mujeres eligieron subir al ring no para pelear, sino para impartir justicia. Soledad Flores, árbitra y jueza de Buenos Aires, y Marianela Flavia Domínguez, primera mujer con licencia nacional en la historia del boxeo sanjuanino, representan una nueva camada que se abre paso con firmeza en el arbitraje femenino. 

“Comencé por un técnico, Enzo, que me enseñó los primeros pasos y me dio la oportunidad de dirigir exhibiciones. Comencé a los 38 realizando el curso de juez, un año después comencé a ejercer la profesión”, recuerda Flores, hoy con 40 años, sobre sus inicios, en diálogo con Ídem. Poco después se inscribió en la escuela de la Federación Argentina de Boxeo y allí empezó su camino formal. 

Domínguez, en cambio, llegó por otra vía: “Mi vínculo con el boxeo nació con mi padre, viendo peleas por televisión. Recién a los 37 años empecé a entrenar y, aunque era tarde para competir, descubrí que podía aportar desde otro lugar: el arbitraje”. Ambas coinciden en algo esencial: la pasión fue más fuerte que cualquier barrera. 

El desafío de ser mujer en un ring de hombres 

“Cuando debuté como árbitro era la única mujer en boxeo aficionado. Por suerte y por mi forma de trabajar, recibí mucho respeto”, cuenta Soledad. Su historia refleja un cambio de época: aunque todavía existen prejuicios, el respeto hacia la mujer árbitra comienza a consolidarse. 

Desde San Juan, Marianela comparte una mirada parecida, pero desde un territorio con menos recursos y más conservadora. “Ser árbitra en un deporte históricamente dominado por hombres significa poder abrir puertas. Soy consciente de que quizás no completé el proceso, pero abrí una puerta que otras mujeres seguirán”, asegura. Su presencia sobre el ring no solo representa un logro personal, sino un paso simbólico en una provincia donde, hasta hace poco, no existían mujeres con licencia nacional.

Buenos Aires y el Interior: dos realidades muy distintas

La diferencia entre arbitrar en la capital y en el interior del país también marca caminos dispares. Flores lo explica con claridad: “En Buenos Aires hay eventos casi todos los fines de semana. En las provincias, con suerte, uno por mes. Eso marca la diferencia en la experiencia que pueden adquirir boxeadores y árbitros”. 

Domínguez, por su parte, vivió esa distancia de cerca. “Como árbitra del interior, el primer obstáculo fue económico: poder costear mis pasajes para llegar a un Nacional. Pero el desafío más grande fue mantener la claridad mental para aplicar el reglamento y no dejarme llevar por la emoción”. 

Ambas resaltan que el aprendizaje es constante y que la formación profesional en arbitraje femenino aún tiene mucho por crecer fuera de la capital. “En San Juan no existe desde hace años la formación para oficiales del ring”, advierte Domínguez. “A veces las diferencias no son técnicas, sino de acceso a la capacitación”. 

Respeto, disciplina y coraje 

La autoridad en el ring no se impone por género, sino por conocimiento y temple. Flores lo resume así: “En las peleas pueden cometerse faltas y ahí una, como autoridad, tiene que poner orden”. Domínguez agrega: “Lo más desafiante es captar todos los golpes, no dejar que se me escape nada y saber cuándo una boxeadora ya no debe continuar”.

Ambas remarcan que el reglamento y la imparcialidad son su escudo. “Tuve muy buenos profesores en la Federación. Nos prepararon para lidiar con la presión y mantener la neutralidad en los combates parejos”, señala Soledad. Para Marianela, la clave está en el trabajo en equipo: “Arriba del ring no estamos solas. Hay un fiscal, jueces y el médico. La mejor preparación es tener buena conexión con ellos y aferrarse al reglamento”. 

Detrás de cada combate hay también una red de contención. “El 100% del camino que recorrí es gracias al apoyo de mi familia, en especial de mis hijos”, cuenta Flores emocionada. Domínguez coincide: “El apoyo fue absoluto, aunque algunos entienden más que otros. En el interior los viáticos son muy bajos, así que hay que tener la pasión a flor de piel para sostener la actividad”.

El legado: abrir caminos

A futuro, ambas sueñan con seguir creciendo. Soledad espera participar en más nacionales. Marianela, en tanto, apunta a fortalecer el nuevo comité femenino dentro de la Federación Argentina de Boxeo: “Mi expectativa es que se atiendan las necesidades de género dentro del deporte y poder colaborar desde mi lugar”. 

En un ring donde las luces suelen apuntar a los púgiles, estas dos mujeres encontraron su lugar en la sombra, pero con una fuerza que ilumina. “Nosotras vamos ganando terreno de a poco y se nos respeta mucho”, dice Flores. Domínguez, en sintonía, deja un mensaje a las nuevas generaciones: “Chequeen su pasión antes de involucrarse. La pasión es la que sostiene en los momentos más difíciles”. Ambas saben que cada vez que suena la campana, no solo empieza una pelea: también continúa una conquista. La de las mujeres que se plantaron, con silbato y autoridad, en un deporte que alguna vez las quiso fuera del ring.

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